sábado, 7 de abril de 2012

Camino en el tardío amanecer








Camino por las afueras de Ushuaia, en lo alto de la ladera donde está el hotel en que me albergo. Son las 8 y recién ha amanecido. Pienso en una frase. En realidad en dos frases que, sin embargo, serían la misma: "Nevó durante la noche; ahora, un barro acuoso y más bien sucio se arrastra por las calles inclinadas". En una versión, esta sería una frase optimista, que hablaría del ciclo de la vida, de la nieve convertida en barro y en agua y de la vida que sigue. En la otra, la frase sería cínica, apesadumbrada. Todo, al final, es barro y desechos. La diferencia estaría dada por algún detalle externo a la frase misma. Un detalle que no alteraría en nada su estructura. En la primera versión, la frase podría completarse, por ejemplo, con, "Pensó, mientras sonreía apenas, en esa agua filtrándose entre las piedras hasta las semillas escondidas. Pensó en otros comienzos". En la otra: "Pensó, mientras sonreía apenas, en esa agua perdiéndose entre las piedras. Pensó en otros finales, igualmente definitivos; igualmente secretos". No soy ingenuo. He leído a los formalistas, y a la escuela de Praga, y a los estructuralistas. Y he estado cuando Panesi se burlaba, en la facultad, de algún incauto que defendía la idea de que la literatura era su tema. Y me pregunto, sin embargo, sobre el tema. Por aquello que haría definitivamente distintas a esas dos frases idénticas.
Por algún motivo me viene a la memoria, también, la época en que todos fumábamos. Cuando la prueba de una buena reunión de trabajo (o cualquier clase de reunión, en realidad) eran los ceniceros llenos. Era tan normal aquello y resulta ahora tan extraño. No es una cuestión de salud, desde luego. Sigue habiendo otras formas de amasijarse a las que nadie lleva el apunte. Se trata de rituales sociales que se imponen a cualquier cuestón de salud –o que imponen la cuestión de la salud como un nuevo ritual, en todo caso–. Y es que cuando siento la presencia incontrastable de la naturaleza, es cuando realmente extraño fumar.
Camino por una ladera al costado de una pequeña ciudad donde la montaña se hunde en el mar más azul y más profundo. Hace frío –unos dos o tres grados bajo cero– y es un frío agradable. Pienso en mi última noche en Buenos Aires, en el prodigioso asado con el que Marcos agasajó a los miembros del Club Minton's, en los repetidos brindis de alabanza al ausente y extrañado JF,  arrojado corresponsal en los hostiles rerritorios de la capital francesa, en el Vistalba Corte A que rubricó el banquete y en que ya es hora de que escriba sobre Matana Roberts, la notable saxofonista y compositora cuyo último disco, Coin Coin Chapter One. Gens de couleur libres, tiene deslumbrado a Guillermo y a los acólitos más caracterizados del club.

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